El cerebro del recién nacido tiene infinitas posibilidades. Para desarrollarlas, además de estímulos, necesita afecto.
Los primeros tres años son los más importantes. En este tiempo, los
100.000 millones de neuronas o células cerebrales con que nace el bebé
se conectan entre sí, formando una complicadísima red de comunicaciones.
Este proceso sólo se pone en marcha si, a través de los sentidos, le
llegan estímulos. Pero, para saber qué hacer con esta información,
también le hacen falta las emociones. Es decir, el bebé no sólo necesita
ver objetos, oír sonidos, gustar sabores y tocar superficies, sino que
además precisa sentir las emociones que lo embargan cuando sus padres lo
abrazan. Un chiquito que recibe poco afecto no desarrollará su cerebro
en forma óptima.
Ya en el vientre materno, el cerebro del bebé produce multitud de
neuronas, muchas más de las necesarias. Mientras que las sobrantes se
eliminan, las supervivientes comienzan a conectarse entre sí, formando
de modo rudimentario las áreas que más tarde serán las responsables de
la visión, el oído, los movimientos, etc. Después del nacimiento, los
millones de neuronas con sus conexiones ya existentes comienzan una
nueva fase de multiplicación. Ahora entran en juego todas las
experiencias sensoriales y emocionales del bebé, de manera que las
conexiones se hacen cada vez más complejas.
Físicamente, debemos imaginarnos una neurona como una estrellita irregular que en su centro tiene un núcleo y que desarrolla brazos o ramificaciones para conectarse con otras neuronas. Los brazos que transmiten la información se llaman axones y son como hilos largos, los que la reciben tienen el nombre de dendritas y se parecen a hilos más cortos. Sin embargo, axones y dendritas no se tocan directamente, sino que entre ellos hay una especie de puente, la sinapsis, por donde salta la chispa informática. En este proceso intervienen impulsos eléctricos y determinadas sustancias químicas: los neurotransmisores.
Físicamente, debemos imaginarnos una neurona como una estrellita irregular que en su centro tiene un núcleo y que desarrolla brazos o ramificaciones para conectarse con otras neuronas. Los brazos que transmiten la información se llaman axones y son como hilos largos, los que la reciben tienen el nombre de dendritas y se parecen a hilos más cortos. Sin embargo, axones y dendritas no se tocan directamente, sino que entre ellos hay una especie de puente, la sinapsis, por donde salta la chispa informática. En este proceso intervienen impulsos eléctricos y determinadas sustancias químicas: los neurotransmisores.
Cada cara sonriente, cada caricia, cada pieza de música, cada
satisfacción después de tomar el alimento, pero también cada pañal sucio
y cada grito estridente... Todo influye en la conformación del cerebro.
Cuanto más se repita determinado estímulo, tanto más se fijan sus
correspondientes conexiones neuronales.
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¡Qué maravillosa tarea para los padres poder contribuir en tal medida al
desarrollo intelectual y emocional de su hijo! Pero también ¡qué gran
responsabilidad!
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